miércoles, 27 de agosto de 2008

Miguel Gutiérrez y Un mundo dividido

Un artefacto literario anacrónico



Miguel Gutiérrez y Un mundo dividido



La segunda edición, publicada por Arteidea, del libro de ensayos que aborda el aporte literario de los miembros de la Generación del 50 es aquí objeto de escrutinio. El autor de la nota cuestiona el análisis literario hecho desde la ideología marxista.


Por Iván Thays

Para muchos, Miguel Gutiérrez sigue siendo la reserva moral e intelectual de la literatura peruana.
No existe nada malo en escribir críticas literarias o reseñas de libros desde una ideología determinada; pero hacerlo desde una posición doctrinaria puede resultar un esfuerzo inútil. Un mundo dividido es, sin duda, el libro de ensayos* más comentado de Miguel Gutiérrez, aunque no parece haber sido el más leído, por lo que esta reedición resulta una estupenda oportunidad para acercarse críticamente a un autor que, para muchos, representa la reserva moral e intelectual de la literatura peruana. El mismo Gutiérrez ha declarado con justicia en varias entrevistas, y en el prólogo escrito para esta edición, que sobre él existen demasiados prejuicios y que se lo valora entusiasta y ciegamente —eso no lo dice él, es mi impresión— o se lo desdeña sin argumentos literarios sólidos. Leer Un mundo dividido después de veinte años de su aparición es un buen pretexto para acercarnos al pensamiento (y luego a la obra) de un autor importante para el país, sobre todo por su ascendencia en varias promociones de escritores peruanos.

Estos ensayos, que se inscriben en la doctrina marxista, están escritos, según propia confesión, por alguien que piensa que el mundo está dividido entre aquellos que defienden un viejo régimen burgués y aquellos que ven en la “lucha popular” (en el libro varias veces se alude a Sendero Luminoso y a Abimael Guzmán como paradigmas de esa lucha) la posibilidad de establecer un nuevo orden. Lo que busca el libro, específicamente, no es solo calibrar el aporte de los miembros de la Generación del 50 a la literatura nacional, sino asimismo estudiar y calificar las “producciones espirituales y las formas de conducta” de los miembros de esta generación. Gutiérrez acepta que no pretende ser un crítico imparcial y se muestra dispuesto a comentar abiertamente la calidad de la obra de los autores seleccionados, sin por ello dejar de subrayar la relación (subsistente en algunas de sus obras e incluso en sus actos públicos, como el hecho de que él consiente premios del Estado) de estos autores con su sociedad, y también, si cabe, con su praxis política y su compromiso social.

Es imposible abarcar en una reseña los diversos aspectos tratados en el libro y discutirlos seriamente. Para ese análisis crítico habría no solo que empezar por las conclusiones del autor, sino discutir los errores conceptuales (como por ejemplo, cuando sostiene inexplicablemente que existen ficciones que “falsean” la realidad y otras que no) con los que sustenta sus ensayos. Sin embargo, creo que cualquier lector más o menos instruido descubrirá que el mayor error del libro, al menos en lo que respecta a la narrativa, está en creer que los personajes de las novelas son, antes que individuos, estados de clase, símbolos o, peor aun, alegorías. Así las cosas, si el teniente Gamboa en La ciudad y los perros es un personaje honesto, entonces la novela es implícitamente pro-militarista porque Gutiérrez es incapaz de separar la honestidad del personaje de Gamboa con la clase (o casta, como dice él) a la que supuestamente representa. Ese error de lectura, en concreto, parte de un principio superior que es el
principio rector del marxismo literario: que los libros son todos obras alegóricas y los personajes no son individuos contradictorios o sutiles. Sino representantes de sus clases sociales. Esa idea originó novelas fallidas como El sexto, de José María Arguedas, donde cada personaje perdía su individualidad y representaba una categoría social (sin hablar de las novelas del mismo Miguel Gutiérrez y sus personajes estereotipados y convencionales). Pero originó sobre todo una crítica literaria incapaz de aceptar que las obras artísticas no son un reflejo limitado de la realidad, y menos aún de una tesis sociológica o antropológica, sino la obra compleja, sutil y sofisticada de un creador que debe reinventar el mundo en cada nuevo libro (por ello, Vladimir Nabokov llamaba “cuentos de hadas” a las novelas). Cada uno de los ensayos de Un mundo dividido busca rastrear conflictos de clase (aludiendo a ellos como “implícitos” y ajenos a la voluntad de autor) en las obras analizadas, convirtiendo la lectura en un pretexto para anunciar sus doctrinas y sus posiciones políticas (como queda de manifiesto en las digresiones, muchas de ellas panfletarias, dedicadas a los partidos políticos que surgen de algunas lecturas como, por ejemplo, la de Historia de Mayta).

Es cierto que la obra de los autores que se adscribieron voluntariamente al marxismo sí puede ser leída como alegoría de las clases sociales, pero es complicado y siempre
arbitrario leer así novelas más complejas. No todas las novelas son parte de “un mundo dividido” entre buenos y malos, o habría que decir específicamente entre el Bien y el Mal, como está dividido eclesiásticamente el mundo narrativo del propio Miguel Gutiérrez.

Los que han visitado las calles de las antiguas ciudades comunistas, Berlín, Moscú, Praga, se habrían encontrado con esas ferias en las que se exhiben souvenirs de las viejas repúblicas del Este; pines, chalecos, notas, cantimploras, banderolas, cascos, casacas, etc. A veces incluso te ofrecen unas pistolas sin municiones que parecen extraídas de películas sobre la KGB. Si es cierto que “el ser determina la conciencia”, como dicta el marxismo, abruma ver hoy a Miguel Gutiérrez. El otrora luchador contra el “antiguo orden”, figurando en la página de sociales de El Comercio, acariciado por los críticos que él llamó “carlistas”, alabado en todas las páginas culturales que el calificó de “mafiosas”, y hasta publicado con gran felicidad suya por una editorial que él calificó siempre de “enemiga de clase” e imperialista; abruma en particular el contenido ideológico o las alabanzas a u grupo de asesinos que se escudaron bajo una supuesta “guerra popular” y que hacen de este libro un artefacto literario anacrónico como aquellas baratijas que se venden en las calles de los países ex comunistas, considerando al propio Miguel Gutiérrez determinado por su nueva conciencia. Y si es cierto que este libro pretende defender esa necesidad de leer la obra y analizar la praxis política del autor para buscar una coherencia, tendremos que decir que, a estas alturas, las propias contradicciones de Gutiérrez le han demostrado que, ni en la vida ni en las novelas, os personajes representan alegorías. Son tan solo individuos que actúan según el contexto que les tocino vivir.


*En realidad se trata de la introducción a una investigación universitaria que luego se independizó y pasó a mayores.

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