miércoles, 27 de agosto de 2008

Mario Vargas Llosa

Discurso de Mario Vargas Llosa


en el homenaje que le rindió la Biblioteca Nacional del Perú.



Inauguración oficial del teatro auditorio que lleva su nombre.


San Borja, 05 de agosto de 2008

FOTO: Biblioteca Nacional del Perú

Como ustedes se pueden imaginar estoy muy agradecido a la Biblioteca Nacional del Perú y a la Fundación BBVA Banco Continental, por honrarme poniéndole mi nombre a este hermoso teatro. Como le dije a Hugo Neira, cuando me hizo llegar esta propuesta, nada podría alegrarme más, conmoverme tanto, como ver mi nombre en la fachada de un teatro, porque efectivamente como han recordado Alberto Ísola y Hugo Neira: el teatro fue en mi caso un amor precoz, y efectivamente si en la Lima, de los años 50 hubiera habido un movimiento teatral importante, probablemente antes que novelista yo hubiera sido dramaturgo.

La persona que está detrás de esta conspiración es por supuesto el director de la Biblioteca Nacional, Hugo Neira, que es un viejo amigo desde los tiempos en que ambos éramos sanmarquinos, de los últimos años de la dictadura de Odría. Una época en la que San Marcos, fiel a su tradición díscola y rebelde estaba en la punta de lanza de la resistencia a la dictadura del ochenio.

Nosotros alcanzamos todavía a un San Marcos, que tenía en sus aulas a las mejores figuras de la intelectualidad peruana, los mejores profesionales en todas las especialidades, o habían salido de San Marcos, o enseñaban en San Marcos, y en la Facultad de Letras, por ejemplo, donde nosotros estudiamos, pues tuvimos el privilegio extraordinario de tener a maestros como Jorge Basadre, como Mariano Iberico, como Luis E. Valcárcel, y como Raúl Porras Barrenecha, con quien tanto Hugo como yo tuvimos el extraordinario privilegio de trabajar en su casa de la Calle Colina, yo cerca de cinco años, y creo que Hugo otros tantos.

Fue una de las grandes experiencias de mi vida, estar cerca de ese eminente historiador que era también un gran maestro, y no solo por el rigor con que preparaba sus clases, y la elegancia con que exponía, sino porque el simple contacto con él, a las horas del trabajo, significaba ya un aprendizaje que nos enriquecía y sobre todo nos hacía conocer profundamente la historia del Perú.

Una historia que para Raúl Porras no fue nunca solo una arqueología, una reconstrucción del pasado, sino una enseñanza permanente respecto del presente.

Pues en esos años, yo iba mucho al teatro, y soñaba secretamente con ser algún día un escritor de teatro, tengo siempre muy presente lo que significó para mí ver La muerte de un viajante en el escenario del Teatro Segura, puesta en escena por la compañía de Francisco Petrone. Yo estaba todavía en el colegio cuando la vi, debió ser el año 51 ó 52, y para mí constituyó un verdadero deslumbramiento porque yo no había visto una obra de teatro moderna, una obra en que la historia salvara con tanta libertad, los condicionamientos de espacio y de tiempo, que circulara por el tiempo como por un espacio avanzando, retrocediendo, y dando de este modo una visión totalizadora, esférica, de la historia que contaba, la historia de Willy Loman.

Willy Loman ese agente viajero que al llegar ya a la vejez ve de pronto desmoronarse todas sus certidumbres, las seguridades, sobre las que ha construido su vida. A mí me apasionó porque era como vivir una novela. Era una historia que se enriquecía extraordinariamente por su carnalidad, porque aquella historia, no pasaba a través de un lenguaje sino que se encarnaba en seres vivos que tenían pues todas las características, de lo vivido en el tiempo que aquello duraba.

Como ha recordado Alberto, entusiasmado por la experiencia que fue descubrir el teatro moderno a través de Arthur Miller, escribí esa obrita que se llama La Huida del Inca, y que el año 52 se presentó en Piura efectivamente, como parte de las actividades de la semana de Piura, en el mes de junio. El Colegio Nacional San Miguel de Piura donde yo terminé la secundaria ofrecía siempre, un espectáculo durante la semana de Piura, y un profesor de literatura que a mí me alentó mucho en ese año de 1952, José Estrada Morales, que acaba de morir dicho sea de paso, convenció al director del colegio para que el San Miguel presentara en el Teatro Variedades, La Huida del Inca.

Fue para mí una experiencia inolvidable. Yo no sabía prácticamente nada de teatro, y con el atrevimiento de la juventud, dirigí la obra. Durante varios meses, ensayamos cada noche en la Biblioteca del Colegio San Miguel, bajo la mirada de Carmela Garcés que era la bibliotecaria, y con un elenco en el que figuraban tanto alumnos del colegio como gentes invitadas, entre ellas dos hermanas que eran por una parte, muy guapas y por otra parte con grandes calidades artísticas, las hermanas Ruth y Lira Rojas. Lira tenía una voz muy bonita y cantaba muy bien y Ruth que era muy buena actriz, ella fue la actriz principal de la obra, tenía un novio que era un empleado bancario, y que asistía rigurosamente a los ensayos, pues era muy celoso.

En la obra el Inca, que era un compañero de clase, Ricardo Raigada, en algún momento daba un beso a la vestal, pero no pudimos ensayar nunca el beso porque el novio de Ruth no lo permitía, aunque permitió que el día de la función el beso ocurriera.
Lo curioso es que en pleno espectáculo que transcurría muy bien ante un teatro abarrotado, un teatro que en gran parte se llenó gracias a Javier Silva Ruete. Lo que no contó Javier Silva Ruete en su testimonio sobre el montaje de La Huida del Inca, es que él perifoneó varios días por las calles de Piura la propaganda de la obra, anunciando que en el Teatro Variedades, vería el espectáculo más grande del mundo.

Le creyeron y atestaron el teatro, y la obra transcurría muy bien. Pero curiosamente en el momento neurálgico, el momento del beso, del inca a la vestal, Raigada en lugar de poner una cara apropiada, empezó a hacer unas extrañas muecas de disgusto, y el beso desde el punto de vista artístico dejó mucho que desear. Y entonces cuando yo lo interpelé, indignado director frustrado, luego de la función, me dijo, es que en la trenza, Ruth tenía una cucaracha.

Así descubrí que el teatro está lleno de imponderables y de sorpresas, a veces maravillosas y a veces pues ingratas.

Ese año piurano, el año 1952 fue para mí muy importante porque al mismo tiempo que terminaba mi Colegio, escribía en un periódico, escribía todo, desde pequeñas notas policiales, artículos que dábamos vuelta de los periódicos de Lima y a veces, de cuando en cuando, le filtraba al director para su indignación un poema. Ese año pasó por Piura otra compañía argentina, en esa época venían compañías de teatro argentinas por el Perú, era la compañía de Pedro López Lagar que dio una función en el Teatro Variedades justamente. Y allí por primera vez yo le pedí un autógrafo a un escritor, a Sebastián Salazar Bondy que viajaba con la compañía de López Lagar, como asesor literario, supongo.

Fue la primera vez que pedí un autógrafo, a un autor del que sería después íntimo amigo, otra persona que recuerdo siempre con gran cariño, por la magnífica labor que realizó como autor de teatro, como poeta, como periodista cultural y también porque fue una persona extraordinaria, un gran difusor de la cultura y que contagiaba su entusiasmo y creaba siempre a su alrededor, un ambiente extraordinariamente estimulante para cualquier actividad cultural.

Muchas veces me he preguntado por qué no seguí escribiendo teatro en esos años. En vez de hacerlo pues escribí cuentos y comencé a planear novelas, yo creo que la razón era por la muy escasa vida teatral que había en el Perú de entonces. Escribir para el teatro era en cierta forma, condenarse a no ver nunca una obra de teatro como hay que verla, sobre un escenario, de una manera vertical, y encarnada.

Las obras de teatro también pueden ser leídas pero para realizarse a cabalidad deben ser representadas, y ver representada una obra de teatro en Lima, en esa época era excepcional. En eso, afortunadamente hemos progresado mucho, hoy día hay mucho teatro en el Perú, y lo hay porque hay un público que llena los espectáculos, y eso estimula a los actores, y a los autores, y creo que es una de las cosas en las que ha habido un progreso cultural más evidente y flagrante en el Perú.

¿Cómo volví a escribir teatro después de esa obrita infantil? De una manera misteriosa. Ocurrió en los años 70, había seguido yendo mucho al teatro, y llevando conmigo siempre una nostalgia del dramaturgo que no fui, pero que me hubiera gustado ser de adolescente. Y llevaba ya mucho tiempo dándole vueltas a la idea de una historia inspirada en un personaje entrañable de mi infancia, una tía abuela, la tía a la que nosotros llamábamos “Mamaé”.

Ella se llamaba Elvira y era Mamá Elvira, porque era como una mamá paralela, lo había sido para mi madre y sus hermanos, lo fue para mí y para mis primas, llegó a serlo incluso para mis hijos.

Fue uno de esos personajes característicos de las familias tribales como era la familia mía, que había vivido un extraño drama en su juventud en Tacna, donde había estado de novia con un oficial chileno, y el matrimonio nunca llegó a realizarse porque pocos días antes de la fecha anunciada para la boda con los partes repartidos, ella la canceló, quemó su vestido de novia, y decidió quedarse soltera para siempre.

Fue la tía soltera que vivió siempre con los abuelos, y sobre la que corrían toda clase de conjeturas y leyendas, ¿qué había ocurrido?, ¿por qué había cancelado su matrimonio, y optado por la soltería para el resto de la vida?, Había sido una mujer extraordinariamente generosa y dedicada con tres generaciones, pero en su vejez, ella llegó a vivir hasta los 104 años de edad; en su vejez concibió un odio feroz por esas criaturas a las que ella había dedicado todos sus desvelos de su vida. No podía ver entrar a la casa de los abuelos donde ella vivía a un niño, sin gritar enfurecida ¡Viva Herodes!, ¡Viva Herodes!

Era un personaje que en los últimos años de su vida, vivió en la ficción, cortó con el mundo circundante, con la realidad presente y volvió a su infancia en Tacna, en una época además muy dramática de la historia de Tacna, eran los años todavía de la ocupación chilena.

Y de pronto decía frases que eran muy conmovedoras, porque a través de ellas uno podía adivinar, lo que había sido la vida en aquella Tacna ocupada, para las jóvenes casaderas. Ella decía cosas como: “Serán chilenos, pero qué buenos mozos”.

Ellos vivían en la Av. República y pasaba el tranvía de Lima a Chorrillos frente
a la casa, y cada vez que pasaba el tranvía, la viejecita de pronto decía: “Ah, el
tren de Locumba”. Vivía totalmente sumida en la infancia, en el recuerdo de
hacía 90 ó 100 años atrás.

Bueno pues yo quería escribir una historia, alrededor de este personaje entrañable. Y no pude empezar a escribir esta historia hasta descubrir un día que esa no era una historia para ser una novela, sino una obra de teatro. En el momento que descubrí que esa historia era una historia teatral, salí de esa especie de impotencia en que me encontraba para materializarla, pues con todas las obras de teatro que he escrito a partir de los años 70, esas que aparecen en este documental sorpresa, tan bonito que acabo de ver, me ha ocurrido lo mismo, me he encontrado con una historia, y he sentido de una manera por una parte, irrebatible, y por otra parte inexplicable, que esa historia, que esa historia no era una historia novelesca sino una historia teatral.

No tengo una respuesta clara. ¿Por qué ciertas historias son teatrales? y ¿por qué ciertas historias son novelescas? Me he dado a mí mismo muchos argumentos, que nunca acaban de convencerme del todo. Quizá las historias para mí resultan teatrales, cuando son más intensas que extensas. Historias que se concretan a veces en una imagen, en una situación, en un acontecer que tiene el formato, de una obra de teatro que es un formato mucho más limitado más intenso que una historia novelesca.

Una historia novelesca es una historia que se multiplica y se difunde y puede incluso prolongarse indefinidamente, en cambio las historias que yo siento como teatrales son historias que caben en un espacio y en un tiempo muy concretos y definidos. También quizá porque las historias que yo siento como teatrales son historias para mí mucho más visibles, más visuales que las otras.

Las historias novelescas son historias al principio de una gran vaguedad, son historias en las que solo en el curso del desarrollo y elaboración de la historia, van apareciendo los perfiles, las caras, la materialidad del personaje, en tanto que las historias teatrales, las veo mucho más y a veces con mucha claridad desde el principio. Son razones que probablemente tienen algún valor pero que nunca acaban de convencerme a mí del todo.

Por eso es que yo creo en los géneros, en los géneros literarios, creo que los géneros no son fabricaciones artificiales, como se llegó a creer mucho sobre todo en los años 50 y en los años 60 como una invención de los dómines, a partir del siglo XVIII. Creo que los géneros literarios expresan una cierta visión de la realidad y de la historia que nítidamente se diferencia la una de la otra. Pero en todo caso, el teatro y la novela son dos formas de esa cosa maravillosa y extraordinaria que es la ficción, ese mundo paralelo al mundo real, que inventamos para poder enriquecer nuestras vidas con experiencias más intensas y más diversas de aquellas que la vida real siempre confinada, limitada, nos permite.

Eso es lo maravilloso que nos dan las historias que nos conmueven y sorprenden, nos sacan de nosotros mismos, nos llevan a vivir en la piel de otros historias que en la vida real jamás podríamos vivir, y de este modo nuestro horizonte pequeño y limitado se multiplica, crece, se extiende y tenemos una visión más diversa y más completa, de lo que es la vida, la realidad, el mundo, lo humano.

Ahora bien, yo creo que ninguno de los muchos géneros en los que se manifiesta la ficción -la novela, el cine, la televisión- está tan cerca de la vida, se parece tanto a la vida, como el teatro. En ese espacio tan limitado que es el del escenario, nosotros vemos reproducirse la vida, allí ocurre algo que es la vida, o que tiene todas las características de la vida, lo transeúnte, de lo que ocurre, el hecho que quienes encarnan la historia sean como nosotros, seres de carne y hueso, y seres que en el tiempo del espectáculo, han dejado de ser lo que eran y han pasado a vivir la vida ficticia de los personajes que encarnan, en ese escenario. Puede haber imprevisibles, hay de hecho siempre: imprevisibles; no hay dos funciones que sean idénticas, aunque el texto que se interprete sea el mismo y por eso, un buen espectáculo teatral, un espectáculo logrado, yo creo que nos conmueve las fibras mas íntimas y nos persuade de una manera que ningún otro de los géneros en los que se expresa la ficción lo consigue.

Para alguien que se ha pasado la vida escribiendo historias, intentando, crear ficciones vivir la ficción, es una experiencia impagable, extraordinaria, difícil de expresar. Yo nunca imaginé que en algún momento de mi vida, mucho menos que a mi vejez, me treparía a un escenario para actuar. Y sin embargo, así ha ocurrido y de una manera, totalmente impensada.

Yo fui hace algunos años a Torino invitado por Alessandro Baricco que es un escritor italiano, magnífico escritor dicho sea de paso autor de una de las novelas más bellas que se llama Seda, y que tiene una academia en Torino para narradores, es una academia muy sui generis, en la que van jóvenes, de todo Italia que quieren ser novelistas o guionistas, que quieren escribir para el teatro, o para la televisión, en fin todas las formas posibles de la narrativa. Pase allí, una semana divirtiéndome mucho dicho sea de paso, por la atmósfera, por una parte informal y por otra parte, enormemente creativa de esta escuela; y allí, vi no en vivo sino a través de un video que me regaló, un espectáculo que él montaba ya hacía algunos años en Italia.

Un espectáculo en los que él acompañado por una actriz y un pequeño conjunto musical, leía historias comentándolas. El espectáculo era muy bonito, era realmente precioso porque las historias que contaba y comentaba procedían de la literatura, y a veces no, a veces eran simplemente una noticia tomada de un periódico que él reproducía con unos comentarios, que la volvían una historia literaria y a mí se me ocurrió pensar qué bonito sería montar un espectáculo así en español, seleccionando un grupo de historias, entre las preferidas y leyéndolas en un espectáculo, ante un auditorio con pequeños comentarios, introducciones, acotaciones y esta tentación se la comuniqué a un amigo español que es un gran realizador, Juan Cruz era entonces editor en Alfaguara y dirigía una oficina de autor y justamente para recoger iniciativas culturales.

Y al poco tiempo me llamó por teléfono y me dijo: mira hay una posibilidad de que montes ese espectáculo en Barcelona donde con motivo del Año del Libro, hay un presupuesto para iniciativas de este tipo relacionadas con la literatura, y así surgió el espectáculo La verdad de las mentiras.

Era un espectáculo que yo quería calcar, del que presentaba en Italia, Baricco; es
decir hacerlo con una actriz a base de lecturas, yo había visto en esos días, una entrevista a una actriz española, magnífica actriz, Aitana Sánchez Gijón, en la que me impresionó su versación, respecto a la literatura moderna y la inteligencia con que hablaba ella de autores de novelas que había leído, y pensé viendo esa entrevista. Si este espectáculo se hiciera qué bueno sería que una actriz como Aitana Sánchez Gijón que tiene tanto amor por la literatura, quisiera participar.

Juan Cruz sondeó a Aitana Sánchez Gijón, y ella aceptó y así me vi embarcado por fin en este proyecto. El teatro Romea eligió como director creo que de una manera providencial del espectáculo a Joan Ollé, un director de teatro muy conocido, en Cataluña con el que tuvimos una primera reunión, le expliqué el proyecto, le dije los cuentos que había seleccionado, y los textos que pensaba leer, y después de escucharme me dijo ¿Por qué no me cuentas esos cuentos antes de leérmelos? Cuéntamelos.

Pues yo le conté. Había un cuento de Onetti, había un cuento de Faulkner, había un cuento de Isak Dinesen. Entonces me dijo: mira si tú quieres que el público resista este espectáculo, y no se duerma y se salga muerto del aburrimiento; ese espectáculo tiene que ser un espectáculo en el que cuentes los cuentos, vamos a reducir al mínimo las lecturas y cuenta. Es la única manera de que eso funcione, te aseguro que no va a funcionar si eso se lee.

Entonces pues de esa manera, resulté yo, cumpliendo el papel de un contador de cuentos, más que un lector y comentarista de los cuentos, como había pensado.

Pues bueno trabajamos, la experiencia resultó muy bonita, yo pasé mucho miedo, desde luego, pero al mismo tiempo, gocé y me divertí contando cuentos. El personaje del contador de cuentos, a mí me había fascinado mucho. Como escritor, había escrito incluso una novela dedicada a los contadores de cuentos primitivos, a los contadores de cuentos machiguengas; y convertirme en un contador de cuentos, la verdad que fue una experiencia exhaltante, estimulante, y allí nació la idea de escribir una versión de la Odisea para contarla a ratos, interpretarla a ratos, y leerla a ratos en el escenario.

Fue mi segunda experiencia teatral, una experiencia en la que ya tuve que empezar a actuar empujado siempre por Joan Ollé, con mucho miedo, con una enorme inseguridad, y al mismo tiempo, como un niño que descubre un juguete nuevo, que le cambia la vida. Y empecé a sentir verdaderamente, lo que significa encarnar la ficción, vivir la ficción salir de sí mismo, convertirse en otro aunque sea por un tiempo brevísimo, y metido en la piel de un personaje, ser otro.

La experiencia fue fantástica, fue formidable y luego, vino la tercera experiencia de esa índole, que fue la recientísima de la adaptación de Las mil noches de una noche una versión verdaderamente minimalista, ese clásico que es en realidad un monumento al contador de cuentos, a los contadores de cuentos, y también una bellísima parábola, sobre la función de la ficción en la vida, cómo la ficción puede civilizar y humanizar al ser humano, desbarbarizándolo, llevándolo a comprender al otro, al que es distinto al que tiene otras costumbres, otras creencias, a establecer una forma de comunicación entre los seres humanos, gracias al sueño, la fantasía y la invención.

Como ven ustedes: el teatro, la ficción, pues han estado en el corazón mismo de mi vocación desde que yo era prácticamente un niño de pantalón corto, todo eso para decirles, como dije al principio de esta intervención, lo mucho que me emociona ver mi nombre en la fachada de un teatro, es casi un acto de justicia, para alguien que desde que tenía, 11 ó 12 años ha amado el teatro, ha gozado con el teatro, ha soñado con vivir en el teatro, y finalmente pues la vida generosa, ha hecho que todo ello fuera posible.

Como dijo Alberto Ísola. Ese gran actor y ese gran hombre de teatro, que tanto debemos los que amamos el teatro en el Perú, en su presentación: que se inaugure un teatro, es un hecho cultural importantísimo. Más todavía si el teatro es tan bonito y tan funcional, como éste que inauguramos esta noche. Deseo que tenga una larga vida, que haya muchos y muy bellos espectáculos, en este escenario, que el público acuda a gozar, a soñar, a enriquecer su vida, a multiplicarse en los personajes y en los protagonistas de la ficción, y quien sabe, quien sabe, si en estas locuras de la demencia senil –como dice Patricia, mi mujer- en la que ando metido, algún día me verán aquí encarnando un personaje de ficción.
Les agradezco mucho su paciencia, y muchas gracias.