martes, 26 de agosto de 2008

León Zamora

LETRAS

«Hacer literatura es como fabricar sueños»*
Palabras de presentación de Sueño aymara**

Gracias por estar aquí, por su interés, por su aprecio por la literatura, por su cariño hacia mi persona. Creo que todos venimos con diferentes motivaciones.

Lo primero que quiero decir es que este libro, como verán en las primeras páginas, está dedicado a mi pareja, a mi hijo Isaías y a mi hija Aymara. Pero esta presentación está dedicada a Pierina, nuestra querida Pieli, por ser el día de la torta de colores.

Cubierta de la novela diseñada por Christian Ayuni


«Escribir es una forma de soñar; de soñar despierto. Y así como en nuestros sueños podemos desarrollar relatos inimaginables, fabulosos, increíbles, poderosos, estremecedores sin darnos cuenta, sin darnos cuenta, sin hacer ejercicio de nuestra voluntad; así también podemos crear historias».
Siempre me pregunto qué puede decir un autor sobre su obra. ¿No es suficiente que la haya escrito? ¿Tiene algo más que agregar a lo que ya ha dicho? A veces hay personas que me preguntan ¿Y de que trata tu novela? Creen que es una pregunta fácil de contestar. A veces la he intentado responder. Otras veces me he excusado. Y algunas más debo haber dicho una tontería. Tontería porque no se puede explicar o resumir una novela en unas cuantas palabras. Por supuesto alguien la puede analizar y reseñar como crítico literario o como ciudadana lectora. Supongo que en algunas novelas podría parecer más fácil dar pistas: Es sobre la vida de Van Gogh en Oceanía o sobre la imposible amistad de dos mujeres, desconcertantemente, similares. Pero, tal vez, también esas respuestas podrían resultar demasiado escuetas, insuficientes o desalentadoras para distintas personas o, peor, no decir nada de fondo sobre las novelas en cuestión.

Si dijera que Sueño aymara es una novela sobre la identidad, ¿estaría dando la respuesta adecuada? ¿No son, en realidad, todas las historias, relatos de identidades? O si dijera es la historia de un grupo de niñas y niños aimaras, buscando a una amiga perdida, ¿estaría, acaso, más cerca de la esencia de este relato?

Coincido con quienes dicen que una vez que una novela o cualquier tipo de obra literaria ya está escrita, los que tienen que hablar son los lectores y las lectoras. Es a ellos que les corresponde el uso de la palabra. La obra deja de ser un bien privado cuando se publica. Y desde ese momento, todos tienen el mismo derecho que el autor para hablar de ella porque cuando uno lee una novela se posesiona de ella. Te apropias de ella. Sientes que es tuya. Esa es parte de la magia de la literatura. Eso es lo que crea el vínculo entre público, novela y autor: ese sentimiento compartido de que ese objeto literario también es tuyo.

Y lo interesante es que al hacerlo tuyo, es tuyo no de una manera general; sino es tuyo, en el sentido específico de que no hay otra persona que haga ese acto de posesión de la misma forma que tu. Y esto no significa que, necesariamente, te guste. Te guste o no te guste, la lectura que es única como proceso, como experiencia, como conexión va a crear sus propios significados, referencias, resonancias de acuerdo a tu estado de ánimo, tu experiencia de vida, tus conocimientos, tus sueños, tus emociones, tus valores. Es allí, en ese acto, de encuentro entre la novela y tú, que se va a producir ese misterioso vínculo que la literatura hace posible.

Bueno, esto lo saben muy bien todos ustedes. Sé que la mayoría son maestras y maestros de literatura. Y eso no solo significa que aman la literatura; sino que tienen el deber, o mejor dicho, el placer de desarrollar en otros el gusto por la misma.

Entonces, como ya dije que no hablaré de la novela, voy a hablar de dos cosas distintas. La escritura de Sueño aymara y la literatura en la escuela.

¿Cómo experimenté la escritura de Sueño aymara? No voy a hablar como escritor porque mi oficio no está en la literatura. Voy a hablar como autor de esta novela que hoy publica NORMA. Hay mil formas de escribir. Y también en un mismo autor puede haber diferentes formas de escribir.

Sueño aymara la escribí en el año 1994. Fue publicada en Colombia en el año 1995. Y en el Perú llegó a miles de escuelas rurales a través de un proyecto que impulsé en el año 96 o 97.

Escribir Sueño aymara fue un proceso placentero. Fue como he dicho en algún momento una posesión. Cuando digo que un uywiri cruzó mi sombra., lo digo literalmente. Un uywiri, uno de esos espíritus que andan por allí agazapados en el altiplano aimara, dispuesto a encarnarse en el alma de algún despistado caminante. Ese caminante, yo en este caso, estaba bien sentado en un escritorio, premunido de la voluntad de escribir una novela. Así de determinante. Sin guión previo, sin argumento imaginado, sin ruta alguna. De pronto, en un cuaderno en blanco, porque no tenía computadora, escribí Sueño aymara. Y, seguidamente, el primer capítulo. Podría decir que cada día que siguió tuvo el mismo tenor. Despertarme, levantarme de la cama, sentarme y escribir. Así, sin un intermedio entre el sentarme y el escribir, en el que pudiera decir ¿y ahora qué sigue? ¿Por dónde puede seguir esta historia? Diariamente, tuve mi cita con el uywiri. Hora: de 4 a 6 de la mañana.

Hubo un intermedio de un par de meses. Nos mudamos a vivir a Cusco con mi familia. Después de instalarme y ubicarme en mi nuevo empleo, volví a las mismas. Y en cuatro meses más, Sueño aymara, estuvo escrita. Me imagino que algunos llaman a esto inspiración. Otros lo pueden llamar disciplina. Todos los días, cuatro de la mañana, entregado al ejercicio de escribir. Diría mejor, entregado a la pasión de escribir. O podría decir con absoluta seriedad y convicción que, realmente, un uywiri guío mi mano, mis pensamientos y mis emociones. Que todo fue un acto de posesión. Sino, ¿cómo podría explicar esa intensidad, esa inmersión profunda, esas visiones, ese encantamiento, ese desprendimiento de mi mundo que experimenté? Cada capítulo que terminaba era como despertar, como salir de una alucinación. E inmediatamente corría a la cama, a leerle a Madezha una historia que sentía conocer recién por primera vez. Y los dos disfrutábamos ese momento de lectura compartida.

Me pregunto, ¿cómo pude introducirme en el mundo aimara con un nivel de intimidad y comprensión que no había vivido personalmente? Por supuesto, que conocía Puno, tenía información sobre el pueblo aimara, disfrutaba de sus fiestas, me sentía muy cercano, afectivamente con el; pero cómo pude llegar a ingresar a su mundo, a su complejo mundo de esta manera?

Un día un amigo, conocedor del mundo aimara, me comentó. “Mira, León, esa historia del perrito es muy propia del mundo aimara; pero esa otra del rayo que elige al nuevo yatiri te la has inventado”. Yo solo sonreí. Precisamente, creía que me había inventado la historia del rayo y que la historia del perrito me la había inventado. Así fui descubriendo a lo largo de los años, que muchas micro-historias que creía producto de la ficción, eran historias, genuinamente, aimaras. Y he vuelto a sonreír.

Tal vez se pregunten entonces ustedes cuál es el mérito de autoría de este su servidor si tuvo a un espíritu rondándolo y hablándole al oído. Posiblemente, ese es el mérito. De ser un canal, un medio, un intermediario.

O tal vez sea que algunas veces, escribir es una forma de soñar; de soñar despierto. Y así como en nuestros sueños podemos desarrollar relatos inimaginables, fabulosos, increíbles, poderosos, estremecedores sin darnos cuenta, sin darnos cuenta, sin hacer ejercicio de nuestra voluntad; así también podemos crear historias. Y eso no nos quita ser los autores de esos sueños o de esos relatos.

Hacer literatura es como fabricar sueños, cogiendo como materia prima tu mundo inconsciente, tus conocimientos, tus experiencias, tus deseos, tus lecturas, tus miedos, tus opciones. Puede también implicar dialogar o encontrarte con otras dimensiones de la existencia y otros seres. Amalgamar todo esto, es una suerte de juego de alquimia. Nunca sabes si saldrá un diamante o un pedazo de carbón.

Crear historias implica crear personajes. Seres que para ser verosímiles deben desarrollar su personalidad, hacerse de una trayectoria existencial, tener sueños y apuestas, enfrentar búsquedas y encontrar sentidos y destino.

Esto necesariamente, nos da otra visión del autor. ¿Es la voz del autor la voz que encuentras tu en la novela? ¿Representa lo dicho lo que piensa o desea el autor? Yo creo que cada relato crea su propia voz. Necesita crear su propia voz, que puede ser una, algunas o muchas. Uno presta sus palabras para dar voces a otros, sus personajes. Y esta es otra forma en que el autor se vuelve a desposesionar de lo que escribe. Escribo lo que quiero o puedo escribir; pero mi voz no, necesariamente, es la voz de la novela.

Tampoco la voz de Sueño aymara es la voz del pueblo aimara ¿o sí? En todo caso tal vez lo sea. No soy yo quien debe decirlo. Por lo menos, sí puedo decir que Sueño aymara es una experiencia intercultural en la que un hombre limeño, mestizo y urbano escribe aproximándose al mundo de la cultura aimara, un mundo diferente al suyo.

Y aquí vuelvo a hacer la conexión con la lectura. La lectura es, entonces, un diálogo entre la voz de la obra y la voz de la persona que lee. No hay una lectura que nos dice algo. Los libros no hacen monólogos. No es posible. Si solo el libro nos habla, no es posible amar la lectura. Debemos hablar con lo que leemos.

Y entonces vamos a la segunda parte de lo quiero compartir. La literatura en las escuelas. Tema muy sensible en un país donde a la mayoría de gente no nos gusta leer. Y con razón. La experiencia con la lectura en general y la literatura en particular ha sido frustrante.

La escuela convencional solo tiene una posibilidad de que una obra literaria conserve su valor como tal: no escolarizándola. Y ese es un menudo trabajo porque las escuelas tienen el don de escolarizar todo lo que tocan: la música, las matemáticas, el deporte, la historia, la ciencia, el arte y la literatura. Escolarizar significa hacer perder el encanto a las cosas para que puedan ajustarse a la rutina, el ritmo y la grisaciedad de la escuela. Y como producto escolarizado no genera más que rechazo entre el estudiantado.

Las profesoras y los profesores tienen que despertar el gusto por la literatura creando una fórmula que combine libertad, apertura, pasión y placer con la experiencia de las y los adolescentes. Es la única forma de crear cultura en las escuelas. Si somos capaces de transmitir pasión por lo que leemos a las chicas y a los chicos. Si somos capaces de darles la libertad que requiere el acto de leer. Y si somos capaces de disfrutar con ellos y ellas el placer de un buen libro, la literatura está a salvo. Si somos lo suficientemente abiertos para leer lo que nos plazca y acercar a nuestros estudiantes, sin prejuicios y estereotipos, a otras culturas: culturas originarias de nuestros países, del África o Asia.

Y como no pretendo hacer de esta intervención una sesión de capacitación docente solo repetiré los derechos de los lectores que formula Daniel Pennac, un escritor francés, en un delicioso libro llamado Como una novela.

Los lectores y las lectoras dice Pennac tienen los siguientes derechos:

El derecho a no leer: Conozco algunos casos relevantes en que el ejercicio de este derecho ha convertido a la persona en una asidua lectora. Mi hija.
El derecho a saltarse las páginas: confieso que este es un derecho que ejerzo poco;

El derecho a no terminar un libro: como dice, García Márquez, si la novela no te agarra del cogote desde las primeras líneas, déjala.

El derecho a releer: Un derecho poco ejercido producto de nuestro terrible afán por lo novedoso.

El derecho a leer cualquier cosa: La pasión por la lectura de muchos comenzó con los chistes o comics.

El derecho al bovarismo que es el derecho a embobarnos con los personajes e historias que leemos. Puedo citar algunos fans de Sueño aymara, devotos lectores.

El derecho a leer en cualquier parte: ¿Quién no ha disfrutado de la lectura en el water?

El derecho a picotear.

El derecho a leer en voz alta: Prueben a leerles ustedes a sus estudiantes y verán como logran cautivar a algunos de ellos. Y, por favor, si hay lisuras, léanlas igual. No se chupen.

El derecho a callarnos: Derecho fundamental que choca frontalmente con las moralejas, los mensajes del autor y el silencioso placer de rumiar callados nuestro gusto de haber leído un buen libro.

Como ven todos estos derechos inalienables, como los mismísimos derechos humanos, son en las escuelas las prohibiciones más comunes que establecemos los maestros y las maestras. Entonces, estimados amigas y amigos, a vivir la literatura con pasión.

Gracias por su atención

León Zamora

*Palabras de presentación leídas por el autor, el día jueves 26 de junio de 2008
(enviado por correo electrónico el 13 de julio de 2008)

**Sueño aymara de León Zamora (Lima, 1962), obtuvo el Premio ENKA de Literatura infantil y juvenil.