miércoles, 27 de agosto de 2008

José de Piérola


BITÁCORA

Leer como escritor

Una lejana una tarde en Chosica, cuando intentaba cruzar el Río Rímac saltando de piedra en piedra, viví momentos de pánico cuando el ejemplar de Moby Dick que leía cayó a las espumosas aguas del río. Era una edición en rústica de Bruguera cuya tapa mostraba la famosa ballena en fondo blanco. El lomo del libro subía y bajaba por entre las enormes piedras, alejándose, al parecer, para siempre. Sin pensarlo demasiado, corrí por la orilla, resbalándome en las piedras lustrosas, desesperado ante la posibilidad de perder el libro que tanto me había costado conseguir. No captaba entonces el extraño paralelo —perseguir el lomo blanco del libro que se alejaba en el agua— en parte porque entonces tenía doce años, pero quizá la razón más importante sea que entonces todavía no leía como escritor.


Entonces leía para perderme por completo en ese universo paralelo que es la ficción. Sin embargo, cuando empecé a escribir noté un cambio muy claro en mi actitud hacia la lectura. Empecé a leer lápiz en la mano, anotando al margen comentarios sobre la función estructural de cada parte, el efecto que se buscaba, la forma en que el autor pasaba de un punto de vista a otro, en fin, convirtiendo la lectura en un ejercicio de crítica, así como de aprendizaje. No sé si todos los escritores hagan lo mismo. He oído algunos que dicen —de manera un poco pretenciosa— que ya no leen ficción. Por mi parte, me alienta el saber que, guardando las distancias, los escritores que admiro han hecho lo mismo: Nabokov que anotaba copiosamente los libros que leía, Vargas Llosa que leía a William Faulkner con «lápiz en mano», sólo para poner dos ejemplos notables.


Debo confesar que quien me inició en esta práctica fue Joyce Carol Oates. La escritora norteamericana, cuya vasta obra podría hacernos pensar que no tiene tiempo para leer, explica en su hermoso ensayo «Leer como escritor» qué preguntas se hace cuando lee un texto que admira. El año pasado con la publicación de The Faith of a Writer volvió a la idea principal: la práctica de escribir incluye la práctica de una lectura minuciosa, que es, en buena cuenta, leer como escritor.


Hay quienes afirman —Vargas Llosa, entre otros— que leer lápiz en mano arruina el efecto de un texto de ficción. En mi experiencia, lejos de matar el texto, leer lápiz en mano es convertir el proceso en un acto doblemente placentero. Después de todo, si es cierto que cada hemisferio cerebral se relaciona con el mundo de manera diferente, es posible que el hemisferio derecho —el creador— participe en la primera forma de lectura, mientras que el izquierdo —más analítico— esté a cargo de la segunda forma. Nada impide, por supuesto, que luego de leer con el hemisferio izquierdo uno pueda volver al texto para leerlo otra vez con el hemisferio derecho. Es posible que las grandes obras de ficción sean aquellas que permitan ambas lecturas sin que una necesariamente mate a la otra.


Aquella lejana tarde, después de un par de resbalones, logré alcanzar el Moby Dick. Todavía lo conservo, a pesar de sus hojas arrugadas y su cubierta descolorida. Es para mí una suerte de amuleto que me recuerda que un escritor es tal sólo si se apoya en una vida dedicada a la lectura.

© 2008 José de Piérola
30/07/08 01:41